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Capítulo
1
Introducción
En
la actualidad el término símbolo tiene dos interpretaciones
cualitativamente diferentes: una se corresponde con los estudios modernos
surgidos de la ciencia de la semiótica y otra se remonta al sentido
tradicional de la palabra. Ambos utilizan la palabra símbolo;
pero el marco filosófico al que cada acepción está
referida son bien diferentes.
La ciencia de la semiótica tal como se conoce hoy día
fue en su inicio formulada por el norteamericano Charles Sanders Peirce
(1839-1914) y por el francés Ferdinand de Saussure (1857-1913).
Ambos trabajaron sobre el signo y el símbolo en la misma época,
sin nunca entablar contacto directo entre ellos y son referencia constante
en el estudio semiótico y semiológico(1).
Peirce estudió los signos bajo el marco de referencia de la lógica
del pensamiento, y entendía como lógica a la ciencia dedicada
a estudiar las "condiciones que debe satisfacer una aserción
para que pueda corresponder a una realidad establecida". Según
esto era imposible el pensar sin signos, y estableció las bases
de la semiótica, como un proceso lógico de interpretación
del signo. Afirma que nunca es posible conocer a una cosa (técnicamente
denominada objeto) en su seidad, en sí misma; sino a través
de signos (denominado técnicamente como representamen, es decir
lo que representa) que se manifiestan en la mente del contemplador (denominado
interpretante) al percibir la cosa; signos que para ser interpretados
son reconvertidos en otro sistema de signos. Por tanto se enfatiza la
naturaleza triádica del signo, que atraviesa las tres etapas:
el signo (lo que representa); el objeto (lo representado) y el interpretante
(que relaciona el signo con el objeto).
Según esta filosofía el contemplador no puede establecer
contacto directo objetivo con la realidad del ser (es decir el objeto),
sino sólo a través de sus fenómenos (signos) que
se desencadenan en la mente; permaneciendo el noúmeno (2) inalcanzable.
En este esquema la interpretación de un signo conlleva el desarrollo
de otro signo o conjunto de signos, produciéndose una concatenación
en cascada de signos. En consecuencia, la interpretación genera
el desplazamiento del signo primario a otro sistema de signos, permaneciendo
inalcanzable la seidad de aquello que el signo representa.
Peirce desarrolló las bases modernas para la lógica de
los signos, y los clasificó en tres órdenes: íconos,
indicios y símbolos. Según su formulación, ícono
es el signo que tiene una similitud descriptiva evidente con el objeto
representado (p.ej.: el dibujo de un animal con el animal mismo) ; indicio
es el signo que es consecuencia directa de la existencia de otro signo
(las cenizas son indicio de fuego); y símbolo es el signo que
opera a consecuencia de una asociación instituída, convencional.
Ferdinand de Saussure, por su parte, sentó las bases de la semiología
desde el estudio de la lingüística y la fonética;
alcanzando por extensión a todo sistema de signos comunicativos;
como ritos simbólicos, conductas de cortesía o señales
convencionalmente aceptadas.
En consecuencia el trabajo de ambos es complementario: mediante la semiótica
Peirce estudió los procesos de lógica y pensamiento; y
Saussure mediante la semiología estudió los procesos de
semántica e interpretación de los signos lingüísticos,
y estableció dos principios básicos:
El primer principio de Saussure (3) establece que el signo lingüístico
es arbitrario, es decir que el vínculo que une al significante
(signo) con su significado es completamente arbitrario, inmotivado,
y que no mantiene ninguna relación natural con el objeto designado.
De este modo, las letras que componen una palabra han sido ligadas entre
sí por ninguna relación objetiva, ni en referencia con
la cosa en sí, sino que han sido elegidas al azar o por eventos
forzosos, pero no en virtud de su propia naturaleza dado que carecen
de ella objetivamente, es decir que carecen de realidad y nexo ontológico
con el objeto designado. De aquí que el signo en sí mismo
y su significado carecen de motivación lógica.
Diferenciándose de Peirce, denomina símbolo a aquello
que por su carácter nunca es completamente arbitrario, habiendo
entre el signo y el significante una relación rudimentaria, justificada
y natural. El símbolo del sol, por ejemplo, puede representarse
mediante un disco con rayos, pero no tendría una relación
lógica si fuese representado mediante una manzana, por ejemplo.
El segundo principio de Saussure afirma que el signo es unidimensional;
para él una palabra al estar compuesta por partículas
(letras) que no poseen de por sí realidad objetiva, y por tanto
no tiene más realidad que por sí misma y su fragmentación
no aporta ninguna dimensión o sentido adicional.
Aunque para algunos parezca extraño, Saussure tuvo razón:
basó sus afirmaciones desde el estudio de lenguas europeas, como
el francés, el alemán y el latín.
Sin embargo el punto de vista tradicional sostiene que en lenguas milenarias
como el sánscrito o las lenguas semíticas los signos que
la constituyen no son ni arbitrarios ni unidimensionales: al contrario,
son objetivos y multidimensionales, es decir que tanto las palabras
como las letras que la componen tienen realidad propia. Basta preguntarle
a los propios usuarios de estos idiomas qué piensan respecto
al tema. Los pueblos que los han hablado durante milenios, les atribuyeron
una realidad ontológica y cósmica a cada letra, y su combinación
era considerada como espejo o determinante de realidades subalternas
o derivadas.
Es el caso, por ejemplo, de la sílaba sánscrita OM, considerada
sagrada por los hindúes, al afirmar que se trata de un sonido
presente en todo el universo, un reflejo de lo Absoluto (Brahmah) tanto
en su inmanifestación como en su manifestación, y que
su entonación en el ser humano produce una reverberancia en su
cerebro, el cual es "predispuesto" de este modo para sintonizar
con una conciencia más abarcante, o si se quiere, más
perceptiva.
Roland Barthes (4) incluso llegó a afirmar que tanto la semiótica
como la semiología caen dentro del ámbito de la lingüística,
es decir que todo signo o símbolo puede ser interpretado o explicado
mediante palabras.
Una afirmación semejante arroja la hermenéutica (5), una
filosofía orientada hacia una teoría de la interpretación
y relación entre la realidad y el ser, surgida hacia mediados
del siglo XX, y que tiene como máximos exponentes a Hans Heidegger,
(1889-1976), Luigi Payreson (1918-1991) y Paul Ricoeur (1913) y que
en definitiva afirma que la realidad es fruto de una interpretación;
y que el ser es análogo a una expresión lingüística,
en tanto que la modalidad lingüística condiciona aspectos
del ser.
Sussane Langer (6) reconoció la existencia de dos sistemas de
símbolos, cada uno de los cuales responde a un esquema de lógica
de pensamiento: diferencia entre el pensamiento discursivo, expresado
y reconocido mediante el lenguaje; y el pensamiento no discursivo, el
cual se expresa mediante formas no lingüísticas, como las
formas visuales, las artes plásticas, la poesía, los mitos,
la música, los ritos, a las que define como "formas sensoriales
las cuales son el vehículo apropiado para expresar ideas que
se resisten a una expresión lógica".
Establece por tanto, basándose sólo en la lógica
lingüística, dos finalidades diferentes del simbolismo:
una que lleva hacia la interpretación y el razonamiento lógico
y a la búsqueda de respuestas a nuevas teorías del conocimiento,
en una búsqueda por la certeza; la otra lleva hacia el simbolismo
representativo, que es el estudio de las emociones, la religión,
la fantasía; actividades que para ella deberían estar
comprendidas dentro del campo de estudio de la psiquiatría, a
las que caracteriza de ser "cualquier cosa, menos conocimiento"
(7) .
Palabras
que dejan la amarga sensación de sugerir tácitamente la
idea de que el simbolismo no discursivo debería ser estudiado
como una patología. Aunque reconoce que "el simbolismo representativo
como vehículo normal y predominante del significado amplía
nuestra concepción de racionalidad, extendiéndola mucho
más allá de los límites tradicionales, con todo
(la mente racional) nunca abandona la fe en la lógica en el sentido
más estricto".
Ciertamente, la interpretación del símbolo a diferentes
niveles -discursivos y no discursivos- darán una imagen más
íntegra de su realidad total. Aunque obsérvese que aquí,
inversamente, el sentido al que ella denomina "tradicional"
es correspondido a la lógica, y no al pensamiento representativo.
Los estudios de Nelson Goodman, filósofo y profesor emérito
de Harvard están dirigidos hacia la investigación filosófica
del signo y el símbolo con su teoría de la creación
de mundos (8).
Básicamente
afirma que no podemos conocer una cosa en sí misma, sino que
conocemos las versiones adaptadas que hacemos de ella, en base a nuestras
percepciones, procesos mentales, marcos de referencia, creencias y mediante
la ciencia tal y como se la concibe. Es un marco referencial muy amplio
que abre la posibilidad de contemplar nuevos mundos interpretativos.
Hasta aquí una brevísima aproximación al signo
y al símbolo desde el punto de vista de la ciencia moderna. Aunque
la semiótica y la semiología han tenido otros notables
estudiosos, los citados son en mi opinión quienes han marcado
la dirección de la investigación.
Cabría agregar que en nuestros días la investigación
simbólica está más orientada hacia su aplicación
en las ciencias de las comunicaciones, específicamente en lo
que se refiere a publicidad y marketing, intentando elaborar un sistema
de transmisión de mensaje en varios niveles perceptivos, con
especial atención en pasar por alto las funciones intelectivas
superiores -que la persona no piense mucho- para llegar directamente
a áreas primarias e instintivas del cerebro para asegurarse un
cierto tipo de respuesta, aceptación y modelos de pensamiento
inducidos y provocados.
Desde el punto de vista tradicional se entiende por tradición
al pensamiento esencial de una cultura determinada, aquello que constituye
su médula misma, formando parte de su propio carácter
y que está referida directamente al desarrollo armonioso del
ser humano y la sociedad toda, y que es transmitido por vía oral
o escrita: mediante poesía, cuentos-enseñanza, música,
artes plásticas, rituales y textos considerados sagrados, abarcando
los aspectos éticos, morales, culturales, históricos y
religiosos que son norma aceptada por los miembros dicha sociedad, asegurándose
su continuidad a lo largo de generaciones.
Por esto el pensamiento tradicional tiene un linaje ancestral comúnmente
aceptado y conocido como cadena de transmisión, el cual remonta
a un origen milenario pudiendo ser éste un hecho histórico
o mitológico.
En esencia el pensamiento tradicional es metafísico, en el sentido
de que todo aquello aceptado como tradicional tiene un fuerte y esencial
contenido significativo, metafórico y simbólico. Dado
que es de carácter alegórico, su fundamental medio de
transmisión son el signo y el símbolo. Su objetivo es
el de transmitir un conjunto de enseñanzas las cuales, aunque
incluso pueden ser transmitidas verbalmente, paradójicamente
su esencia y su objetivo de transmisión y comprensión
es no verbal; es decir que supera la mera explicación por palabras,
intentando transmitir una experiencia completa. Esta es la naturaleza
de la parábola, o la alegoría. Su finalidad es el desarrollo
de la comprensión y de la mente.
En el símbolo, los canales por los cuales éste se transmite
son múltiples, es decir que no admite una interpretación
única y exclusivamente intelectiva, como nosotros podríamos
entender la idea de 'intelectualidad' que no por ello es desechada,
pero además de esta se utilizan otros canales como el emotivo,
el intuitivo, el rememorativo, asociativo, es decir que acontece una
combinación de diversos niveles interpretativos, y que confluyen
en un punto central que es la interpretación global del símbolo,
y debido a la riqueza del mensaje, a la amplitud de la señal,
es asimilado por el cerebro como una experiencia.
Es por ello que mediante la audición de antiguas historias, o
la realización de una ceremonia o ritual es posible ver más
allá de la apariencia y remontar hasta su mensaje metafórico,
el cual sea probablemente una instrucción o enseñanza,
una historia verídica, un mensaje filosófico o cosmogónico.
He aquí porqué el pensamiento tradicional es tan importante
a la hora de la interpretación de antiguos símbolos.
Una gran virtud del símbolo es la de admitir diversos niveles
interpretativos, de manera que en una sociedad cada estrato social o
cultural, y cada individuo podrá hacer una lectura propia según
su concepción del mundo, su contexto interpretativo; podrá
ser interpretado según la capacidad de interpretación
del interpretante, sin menos cabo alguno del sentido global del mensaje.
De esta manera, el símbolo ofrece diferentes niveles de profundidad;
si careciera de esta flexibilidad ciertos contenidos podrían
no ser entendidos correctamente, o incluso ser rechazados por aquellos
que no están preparados para captar el sentido del mensaje siendo
incapaces de interpretarlo correctamente en su totalidad, distorsionándolo
en consecuencia. De tal manera, el símbolo evita su distorsión
en virtud de poder hablar en diferentes niveles de lenguaje simultáneamente.
Habla a cada uno según su capacidad de comprensión.
En la antigüedad la mejor manera de asegurarse la transmisión
de un conocimiento era transmitirlo disfrazado, metaforizado a través
de una historia, canción, cuento o diseño.
Hacerlo de una manera directa, explícita, unidimensional, de
una sola interpretación, como si fuese una crónica de
libro, o informativo, no hubiese sido atractivo y por tanto no se habría
transmitido generacionalmente.
Tomemos el caso del diluvio universal, el cual narra el Antiguo Testamento.
La misma y detallada referencia al hecho ya se encuentra en una historia
anterior a estos libros, que son los poemas de Gilgamesh, quizá
el poema épico más antiguo que se conoce. En contrapartida,
no ha llegado hasta nosotros ninguna crónica al estilo: "hoy
es el cuarentavo día de lluvia...."
Esto ocurre pues toda historia al ser acompañada de rima, métrica
y ritmo es más fácil de memorizar íntegramente.
Se han comparado las canciones de bardos (recitadores de Asia central,
cuyo oficio se hereda de familia) con escritos milenarios que refieren
las mismas poesías, y la coincidencia es completa. Es un método
memotécnico que funciona muy bien. Incluso puede darse el caso
de que muchos conozcan el poema, y lo repitan a la perfección
sin comprender completamente o la totalidad del contenido; pero la fuerza
de la métrica lo mantendrá coherente, y llegará
a un receptor avispado que decodificará el mensaje.
Por tanto las leyendas populares también forman parte de una
tradición, aunque no están completamente libres al deterioro
al ser transmitidas en el tiempo. Para saber si la leyenda está
completa o es funcionalmente útil es necesario saber si el pueblo
que las generó está en un proceso de desarrollo, decadencia
o simplemente ha desaparecido. Es oportuno explicar esto, pues valga
el ejemplo de la mayoría de los pueblos de América Latina,
donde abundan historias del folklore local, remanente de los indígenas
que poblaron estas tierras, y las historias supervivientes son en muchos
casos incomprensibles, fragmentarias o simplemente supersticiosas. Con
frecuencia las leyendas nativas han sufrido la mezcla, la interpretación
equívoca, o la mezcla con leyendas foráneas, a consecuencia
de añadidos interpretativos o por readaptación cultural,
y en consecuencia, la deformación del mensaje original.
Los pueblos son como las personas, y se comportan como una entidad:
nacen, se desarrollan, dan origen a otras civilizaciones y finalmente
mueren; a veces son asesinados. Si la cultura se halla en un proceso
de desarrollo, esa historia será funcionalmente útil para
el desarrollo y soporte de su cultura, y para la identificación
de los individuos con ella; si se halla en un proceso de decadencia,
es de esperar que no queden individuos conscientes que conozcan la estructura
esencial de la leyenda y su motivación final, es decir de qué
mensaje se está tratando de transmitir metafóricamente;
y en ese momento es cuando la leyenda comienza a simplificarse literariamente
para una sociedad con menor capacidad de comprensión, a interpretarse
en menor cantidad de niveles y no admitir más profundos, a enfatizarse
en el efectismo y la sensiblería como un fin en sí misma,
a trastrocarse, derivando a convertirse con el paso del tiempo y por
deformación sucesiva, en una historia chabacana, para el mero
entretenimiento, quedando en una moralina superficial o una superstición.
Aunque
también puede darse el caso que la leyenda no sea modificada,
sea conservada íntegramente, pero interpretada sólo de
manera literal, ignorándose su contenido metafórico o
alegórico, no permitiendo ulteriores niveles interpretativos,
convirtiéndose así en un argumento sacrosanto axiomático
utilizado como limitativo para el desarrollo de la sociedad y los individuos,
y por tanto, de factor de poder para la ortodoxia de turno.
En ambas patologías el factor común es la ausencia de
individuos conscientes y desarrollados que comprendan la realidad nouménica
del símbolo en cuestión y conozcan las verdaderas necesidades
de desarrollo de su sociedad para así satisfacerlas. Es necesario
tener presente que los símbolos son concebidos y diseñados
por individuos que poseen una visión más abarcativa de
la realidad que les toca vivir, y de interpretar según su cultura,
utilizando los símbolos como medio de expresión de tal
expresión holística. Por tanto los símbolos no
surgen como resultado de una reflexión incompleta de una determinada
realidad, ni pueden tampoco surgir como resultado de una modificación
anárquica sucesiva de añadidos a lo largo del tiempo por
una comunidad. El símbolo como tal nace completo, resultado de
una percepción y actividad consciente; quizá con el paso
del tiempo necesite ser mejorado, perfeccionado o readaptado a nuevas
necesidades de la sociedad según el paso del tiempo; pero no
es modificado por un colectivo, sino por individuos que conocen tanto
su realidad nouménica como las necesidades reales de desarrollo
de su comunidad. Así, desde su gestación el símbolo
tiene la vigencia y la aparición plena, resultante de la actividad
consciente de un individuo o selecto grupo. El objetivo de esta actividad
es el de poder transmitir a otros miembros el mensaje que se ha percibido,
cuya percepción escapa a la sensibilidad promedio al tratarse
de un nivel de realidad por encima y ajeno al campo de percepción
ordinario, pues no se trata del mundo de los fenómenos, sino
del mundo del noúmeno y el arquetipo. De todas maneras, la experiencia
en sí misma es intransferible; lo que se busca con el símbolo
es hacer alcanzable, accesible, mediante una acción conjunta
de métodos de reflexión, de intelección algo que
por sí solo sería para la gran mayoría inalcanzable.
En las condiciones normales de una tradición el mensaje metafórico
no sólo se transmite verbalmente o por escrito; también
lo es mediante el dibujo, la cerámica, las obras textiles (telas
de vestir, tapices), los colores, la música, la arquitectura
y ornamentación, y mediante todo arte o actividad humana de orden
artístico. Es aquí en donde toda ornamentación
mediante formas, geometrías y colores no cumple una finalidad
de embellecimiento o para el mero placer, sino que obedece a un código
estético y artístico idóneo u óptimo para
la transmisión de un ideario o mensaje esencial a dicha cultura;
y que aunque metafórico, está explícito para quien
sabe entenderlo. Es un mensaje simbólico, oculto y a la vez a
la vista de todos.
El pensamiento tradicional así entendido ha tenido siempre un
lugar de relevancia y funcionalidad en todo el Cercano y Lejano Oriente,
Africa y América precolombina.
Para decirlo en otras palabras, el símbolo es un mensaje de interpretación
sentida, no verbal. Es decir que no se transmite su contenido literalmente
con palabras; hacerlo así sería rebajar la realidad del
símbolo. El mensaje simbólico es mucho más rico
que el pensamiento discursivo. Literalmente puede ser transmitido mediante
palabras, pero su esencia no es literal, sino metafórica; el
mensaje yace o subyace entre las palabras, o más precisamente
entre los elementos, las ideas sugeridas, en los recursos expresivos,
y en el sentido alegórico que se intenta referir. Una palabra,
la cual es sonido, sí puede ser un símbolo. Su utilización
puede ser sonora y escrita; pero su interpretación, su comprensión,
aunque pueda ser expresada mediante palabras, las sobrepasa a consecuencia
de su mayor dimensión, que sólo puede ser correctamente
interpretada mediante la experiencia. Esto quedará mas claro
mediante un ejemplo.
El sabor de una cebolla puede explicarse a alguien que nunca la ha probado,
puede oír y leer mil historias, pero hasta que no la pruebe no
tendrá un conocimiento directo y real de ella. Este tipo de saber
es instransferible mediante la argumentación, y sólo puede
accederse mediante la experiencia.
Que el símbolo sea un medio de comprensión no verbal (e
incluso de transmisión no verbal) es quizá la clave para
comprender su naturaleza.
El símbolo tiene la dimensión del ser humano, el cual
piensa con su cerebro y su forma humanoide, su humanidad, su condición
humana. Cada área del cerebro está especializada. Hay
áreas encargadas del habla y de la interpretación de las
palabras, de las cuales se comprende la información que llega
a través de ellas, y así es posible pensar y responder
coherentemente. Son áreas del cerebro que poseen neuronas adaptadas
y redes neurales idóneas para cumplir estas funciones. Asimismo,
para extraer información de mensajes no verbalizados hace falta
desarrollar una facultad específica en el cerebro. Si un símbolo
de naturaleza no verbal es interpretado mediante el área verbal,
evidentemente se está forzando una readaptación del mismo
a un marco de interpretación diferente y frecuentemente más
estrecho, para el cual en principio no fue diseñado.
Creo que aquí está la médula del estudio contemporáneo
de los símbolos, los cuales quieren ser únicamente explicados
mediante la interpretación de signos, es decir: mediante un proceso
verbal de intelección y de lógica. Esto funciona con los
símbolos modernos que son resultado de un pensamiento unilateral
y lógico; pero para los antiguos símbolos, digamos de
500 o más años de antigüedad hace falta un enfoque
más interactivo, completo y profundo, pues estos no sólo
admiten, sino que exigen para ser comprendidos, múltiples puntos
de vista y múltiples modos de percepción e intelección.
La mera intelección discursiva no descubrirá más
que un ápice de su contenido.
Existe la tendencia innnata, o condicionada, de parte de nosotros los
occidentales, de pensar en términos 'evolutivos' y de 'desarrollo'
en el sentido que cuanto más atrás nos remontamos en la
línea histórica de la humanidad, tanto más primitivos
y brutos los antiguos deberían ser. Quizá esto no sea
completamente cierto; quizá actualmente sólo se usa una
parte de la total intelección; quizá en la antigüedad,
aunque se ejerciera una actividad intelectiva menor -tal como hoy la
concebimos-, sí se pensaba con muchos más niveles que
los que utilizamos hoy; pensando entonces de una manera más integral,
más sentida y completa. Quizá actualmente la lógica
y el pensamiento lógico están sobredimensionados o sobreutilizados
en referencia a las demás funciones intelectivas; o quizá
estas otras funciones de carácter más sensible y holístico
que deberían ser complementarias, o primarias, no están
siendo debidamente empleadas, o están sub empleadas o sub desarrolladas.
Esto no es un desdén al pensamiento lógico, el cual es
fundamental y básico para la comprensión lógica;
aunque siempre es necesario y útil en el proceso de pensamiento,
es el primer peldaño en la escala de la intelección.
El
pensamiento lógico fue enteramente elaborado por Aristóteles,
como cita Abu Sa'id al Andalusí (9):
"Las obras
sobre los instrumentos empleados en las ciencias filosóficas
las constituyen sus ocho tratados de lógica, en cuya composición
Aristóteles no fue sobrepasado por ninguno de los filósofos
que conocemos, y que nadie, antes que él, había conseguido
reunir. Aristóteles nos habló de eso al final de su
libro sexto, que es el Libro de las Refutaciones Sofísticas
(Kitab al Sufístiqa) en los siguientes términos:
"En cuanto
al arte de la lógica y del establecimiento de los silogismos,
no existe ningún testimonio anterior en el que poder basarse.
Sin embargo, tras un intenso esfuerzo y una larga fatiga, nos hemos
dedicado a estas cuestiones. Hemos creado e inventado todo lo que
concierne a este arte, especificando sus objetivos y estableciendo
sus bases, sin haber omitido ninguno de sus principios básicos
de los que estaban carentes las otras artes; ella ahora está
completa, consolidada y firme; su fundamento es seguro; sus bases
gozan de una sólida constitución; sus objetivos son
conocidos; y sus señales son evidentes. La hice preceder de
unos fundamentos preliminares y unos argumentos sólidos. Pido
perdón a quien, tal vez, después de nosotros, estudie
nuestra lógica por los fallos que encuentre en la misma; ¡que
su inmensa bondad y su gratitud sepan considerar nuestro esfuerzo!
Quien ha hecho lo que ha podido, se ha hecho merecedor del perdón"".
El aporte de Aristóteles fue fenomenal pues legó a su
generación y a las venideras, a su civilización y a las
venideras los instrumentos y pautas estrictas a seguir para pensar con
inteligencia y coherencia. Aportó una gran ventaja en términos
evolutivos. Pero la lógica no es omniabarcante; incluso Aristóteles
mismo se permite hablar con parábolas y metáforas en el
párrafo citado.
Para
la interpretación simbólica hace falta percibir y pensar
con todo el cerebro, y no solamente con el área intelectualmente
lógica. El uso combinado de los hemisferios y de las profundidades
del cerebro producirá una interpretación emergente de
mayor profundidad que las partes.
El símbolo tuvo en Occidente una interpretación tradicional,
en el sentido tradicional del término, hasta el Renacimiento
(aprox. 1500~1520); gracias a la influencia de culturas de oriente y
del Cristianismo. Los primeros síntomas distorsivos aparecen
en este período, en la pintura y la escultura; con cuerpos perfeccionados,
apolíneos pero sin contenido ni carácter esencial que
responda a su forma; por ejemplo, el David de Miguel Angel es la obra
de un maestro genial, pero sólo desde la perspectiva de la realización
canónica; del acabamiento perfecto, de su dimensión imponente;
pero su forma y efecto no se inspiran en la seidad de un profeta transmitiendo
un mensaje; la figura se corresponde a un hombre sensual, que no se
corresponde en absoluto con la realidad que debiera representar. Si
ignorásemos el título de la obra; lo último que
supondríamos es que se trata de un profeta bíblico. De
manera implícita se proclama una deificación del hombre;
aunque el intelectual del momento no se ve a sí mismo como un
homo sapiens, más bien como un homo sensual; o mejor dicho homo
sexual. Por cierto, no conozco obras de la época, tan bien justificadas
y acabadas, pero de mujeres. Cuando me expreso de esta manera, hay quienes
piensan que no me gusta Miguel Angel; esta conclusión es errónea
y surge de observar los hechos desde muy pocos ángulos. Lo admiro:
fue un artista genial.
Un signo más evidente de tal decadencia, en el sentido del alejamiento
del símbolo tradicional, se aprecia en la arquitectura Barroca
(post renacentista, 1590-1630), que ya no utiliza la ornamentación
por una motivación simbólica sino que se convierte en
un mero recurso ornamental despojado de significación, y por
tanto de mensaje trascendente. En contrapeso, las obras son ejecutadas
cada vez con mayor realismo y perfección; son tan literales en
todo sentido que no dan lugar a lo metafórico.
En lo personal, de este período me gustan algunas esculturas
de Bernini (10); el barroco tuvo la virtud por sobre el renacimiento
de mostrar los elementos en dinámica; las obras ya no están
en reposo, sino en acción; los David -pues esculpió varias
versiones- no están posando, sino que están a punto de
arrojar la piedra; a pesar de la riqueza expresiva, casi ninguna obra
sirve más que como instrumento decorativo, como muestra de conjunto,
de acabamiento, realización perfecta casi increíble, resultados
que muchos seguidores intentaron y soñaron vanamente con imitar.
La escultura de Apolo y Dafne, que Bernini realizó a los 23 años,
actualmente exhibida en una minúscula sala que impide una apreciación
a distancia del conjunto, en la Galleria Borghese en Roma, se basa en
el mito griego homónimo, en el cual Apolo desea a Dafne, y al
punto de alcanzarla para hacerla suya, Dafne es convertida en olivo
por Zeus, para permanecer virgen. La obra plasma este momento crucial,
cuando Apolo está a un paso de tocarla, y Dafne está en
pleno proceso de transformación en árbol de olivo. La
ejecución es tan realista, que a la vista impresiona. Los personajes
parecen a su vez dos personas de carne y hueso que han sido transformadas
en mármol.
Pero aparte de este mensaje de acribia y maestría en el dominio
tanto del oficio como de la estética, no hay nada más
que pueda interpretarse. El mensaje simbólico muere en sí
mismo; carece de trascendencia.
Aristóteles
dijo: La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las
cosas, y no el de copiar su apariencia.
Con la aparición del Rococó, que continuó al Barroco,
la exageración y la sobreabundancia del ornamento llegan a niveles
nunca vistos con anterioridad, justificando su existencia por su misma
sobreabundancia ostentosa, idónea para palacios, y por la ausencia
absoluta de razón de ser a nivel de lo alegórico metafórico.
Este derroche absurdo de los recursos del pueblo finaliza con la Revolución
Francesa.
Luego de algunos siglos de ocultación, el símbolo es redescubierto
por el positivismo a mediados del siglo XIX en sólo algunos de
sus aspectos funcionales, aunque se mantuvo ignorado su contenido metafísico.
Entre la interpretación moderna del símbolo y la tradicional
no debería haber conflicto, pues cada una tiene un marco de aplicación
claramente distintivo: el primero es pragmático y su estudio
está dirigido a su aplicación y desarrollo en todas las
ciencias sociales, la lógica, la comunicación en todas
sus formas: gestual, hablada, escrita, gráfica, sonora; lenguajes
de programación, procesos de pensamiento, psicología y
sociología, inteligencia artificial, investigación científica,
etc., en tanto que el marco de la interpretación tradicional
es psicológico- contemplativo-filosófico-metafísico.
Quizá la confusión tiene lugar cuando la semiótica
o la semiología intentan abordar temas como el arte tradicional
o los símbolos primordiales de la humanidad, produciéndose
una superposición de términos y un achatamiento en la
profundidad del mensaje. Es necesaria una puesta de acuerdo sobre ciertos
términos tal y como los han entendido y utilizado por milenios
aquellos que han utilizado el símbolo como medio de transmisión
de conocimientos; y que en definitiva, son los genitores de la cultura
actual.
El principal error que se comete al estudiar y juzgar la conducta de
antiguas civilizaciones es el de considerar que se comportarían
tal como lo haríamos ahora, ignorando el contexto de pensamiento
de la época; es decir suponer que personas de otro tiempo y otro
lugar actuarían de la misma manera que un occidental del siglo
XXI.
Mediante la visión tradicional pueden distinguirse claramente
tres tipos de morfologías en el contexto del símbolo:
la señal, el signo y el símbolo, en tanto que la semiótica
en ocasiones los superpone, o los simplifica cuantitativa o cualitativamente.
Este es un punto que se analizará contextualmente en los siguientes
capítulos.
Otro factor relevante es que desde el punto de vista tradicional el
símbolo tiene una implicancia trascendental: está referido
a lo inmaterial dentro del terreno de lo filosófico y de la más
profunda conciencia humana; relacionado las más de las veces
con una connotación sagrada que sirve como nexo o recordatorio
entre el recordador y el recordado; tiene un fuerte contenido metafísico
e iniciatorio. Para la semiótica, en cambio, con una visión
más profana, casi cualquier cosa puede devenir en signo o en
símbolo, como por ejemplo una gráfica bursátil
(11).
Un símbolo de hace 1.000 años no puede ser interpretado
exitosamente con los criterios de una cultura moderna: para ello hace
falta conocer el contexto en el cual fue desarrollado, teniendo en cuenta
el factor ambiental, la gente y el contexto temporal, y ser estudiado
en ese ámbito. Es muy importante tener en consideración
que cada civilización tiende a desarrollar e incluso sobreutilizar
un área específica del cerebro por sobre las demás
y/o en su detrimento.
Cada cultura tiene una peculiar manera de enfocar su interpretación
del mundo, que le es inherente; y de igual manera cada raza tiene un
enfoque propio de ver y actuar en su entorno. Los factores ambientales,
genéticos, culturales heredados, situación histórica
y factores interculturales confluyen dando lugar a enfoques marcadamente
particulares sobre una filosofía de vida; y todo esto tiene una
influencia determinante tanto en la concepción del símbolo
como en su interpretación; y en consecuencia sobre la cultura
misma.
Además de estos símbolos culturales hay otros que traspasan
la frontera de lo referido al marco étnico cultural pues han
sido reconocidos por diversos pueblos, debido a que se refieren a lo
más íntimo de la naturaleza humana, de aquí su
valor y reconocimiento multicultural. Estos son conocidos como los símbolos
de la tradición universal.
En principio he elegido establecer tres categorías de diferenciación,
que llamaré señal, signo y símbolo. Luego de leer,
estudiar, meditar y reflexionar he llegado a la conclusión de
que sólo se ha establecido una distinción entre señal
y símbolo, permaneciendo en un limbo la función del signo,
o en otros casos ha sido equiparado con la señal o con el símbolo,
ya sea de manera explícita o tácita; pero no he encontrado
hasta ahora una clara diferenciación funcional entre los tres,
a pesar de que nuestro idioma español admite estas tan diferentes
y específicas discriminaciones. Lo considero un punto no menor,
debido a que cada uno de ellos está directamente relacionado
con un nivel cualitativo de la cognición humana, con un esquema
de pensamiento que le es característico. Otros idiomas, como
el inglés, no admiten una diferenciación tan clara, pues
el término signal (señal) se refiere en principio al signo
y en segundo término a la señal.
Por su falta, esta diferenciación ternaria es inexistente o es
aplicada de manera confusa, o sustitutiva de una de otra, cuando en
la realidad cada una de ellas responde a un aspecto del conocimiento
cualitativamente diferenciado de los otros dos.
El enfoque de este libro y sus contenidos están apegados al criterio
Tradicional, y es el anhelo del autor que resulten beneficiosos para
todos, y en particular para todo interesado en la esencia los símbolos.
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(1) El Estudio de los Signos:
Peirce y Saussure, por Alejandra Vitale; ed Eudeba, 2002.
(2) Causa primordial de los fenómenos.
(3) Saussure y los Fundamentos de la Lingüística, por
José Sazbón, cap. "Principios Generales" ed. Nueva
Visión, 1996.
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